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Cuento sobre Charly: “Demoliendo Hoteles”

 
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 MensajePublicado: Mie Jul 09, 2008 7:04 pm    Asunto:  Cuento sobre Charly: “Demoliendo Hoteles” Responder citando Back to top

Cuento sobre Charly: “Demoliendo Hoteles”
Este cuento ha sido publicado en 2004, en el libro de cuentos "Las ceremonias del deseo" de Sandro Romero Rey. Director, actor, escritor de teatro. Periodista y escritor, editor de Andrés Caicedo. Espero les guste esta primera parte que les envió. Todo el cuento transcurre entre 1988 y 1989, época de la primera visita de Charly a Colombia. En contexto con uno de los primeros programas del Podcast de Jairo Inconsciente Colectivo que fue sobre la visita de esa increíble gira de Charly a este país tan carente de conocimiento sobre su rock propio.
http://inconscientecolectivo.podomatic.com/

Que lo disfruten,

Juan Pablo

Charly García: “Demoliendo Hoteles” Primera parte: Charly Actor‏




Estimado Señor del Seudónimo:

Sí. Yo también estoy sorprendido con el hecho de que exista otro Señor del Seudónimo en este mundo. Me imagino que a usted le han dicho, o lo habrá leído, que uno dizque tiene un doble caminando por ahí, en algún lugar inesperado del planeta. Yo nunca me había preocupado por encontrarlo. Al contrario, entre más escondido se encuentre el doble, mucho mejor. Pero descubrir que hay otro Señor del Seudónimo que vive en Argentina y que, para colmo, le encanta el rock, pues el asunto ya se vuelve, por decir lo menos, desconcertante. Y no lo digo por el hecho de que usted sea argentino, porque la carta me ha podido llegar de Finlandia e igual habría resultado curiosa. Lo digo porque usted, sin mayores preámbulos, me pregunta por mis gustos musicales y, sin mayores arabescos, me insiste sobre mi opinión por Charly García. Aquí es donde yo empiezo a sospechar de la teoría del complot. Hay algo que no cuadra. Hay, para decirlo en términos dramatúrgicos, demasiadas coincidencias. He llegado a pensar que por ahí se encuentra la mano traviesa de algún amigo desocupado, para no tener que recurrir al destino, a Dios, a la predestinación o a cualquiera de esos temas que me producen pánico. Después de darle muchas vueltas al asunto, he decidido seguir con el juego y contestarle su carta, porque me siento atraído por su historia. Si se trata de una broma, muy bien, ganaron, la celebraremos a su debido tiempo. Si usted, Señor del Seudónimo de Argentina, es un tipo serio como parece, pues sigamos con el juego de las identificaciones, a ver hasta dónde llegamos. Yo no le tengo miedo a mi doble. Simplemente me produce pesar.

Para salir de una vez por todas del asunto del nombre, no era muy difícil adivinar que, en su caso, venía por vía directa de un cantante argentino. Cuando era niño, a mi me gustaba el tal cantante argentino en secreto, e incluso fui a dos conciertos de él en Cali, mi ciudad natal. Incluso, la última vez que lo vi, yo tendría unos dieciocho años, pensé hacerle un reportaje. El caso es que desde mis primeros años de uso de razón comencé a odiar mi nombre. El problema es grave cuando al Señor del Seudónimo de Argentina y al Señor del Seudónimo de Colombia les encanta Charly García. Que le guste al argentino, no es raro. Pero el argentino va a extrañarse muchísimo cuando le diga todo lo que admiro, respeto y quiero a su ídolo. Y, de seguro, se va a ir para atrás cuando le cuente los momentos en los que he estado con él.

Supongo que usted, Señor del Seudónimo, lo ha visto muchas veces en concierto en Argentina. Supongo que si uno es hincha del Boca, puede ir a ver al Boca, y si es hincha de Charly García, pues no va a ver al Boca, sino a Charly en el estadio de River. El asunto se complica cuando uno es colombiano. Sino le molesta, voy a contarle mis historias con su, con nuestro héroe, y, si no está muy ocupado, pues présteles atención que hasta de pronto se divierte.

No estoy muy seguro de las fechas, pero en 1989 se trasmitía por uno de los canales de televisión nacional de mi país una telenovela que se llamaba Loca Pasión. A los maricas les encantaba el título y la llamaban Pasión de Locas. Usted sabe que Colombia se conoce en el mundo por el Café, la guerrilla, la cocaína y las telenovelas. No sé si usted oyó hablar de Loca Pasión. Era protagonizada por una jovencita, a quien le ayude a dar sus primeros pasos en el cine, de nombre Marcela Agudelo, y por un actor y cantante radicado en Puerto Rico, nacido en Colombia, que se llamaba, que se llama, Carlos Vives. En aquella época, Vives no cantaba vallenatos, sino que trataba de hacerse un nombre como intérprete de telenovelas y de música pop. Yo tenía un vínculo afectivo muy estrecho con Loca Pasión. Estrechísimo, pero no viene al caso en este momento. Quizás otro día se lo cuente con detalles. El asunto es que estuve colaborando espiritualmente con la aventura, porque se trataba de una telenovela sobre el mundo del rock en español, en la época del llamado “rock en tu idioma”, que, me imagino, en Argentina fue mucho más entusiasta por razones de Malvinas mayores.

La telenovela llevaba algunos meses al aire, yo colabore con las letras de algunas canciones e incluso hice un pequeño personaje: el manager gay de Carlos Vives. Pasión de locas. Aunque mi pasión no era Carlos Vives y ninguna loca, sino una dama de grandes aspiraciones y mejores ideas que aprovecho todas las coyunturas musicales del momento para enriquecer el programa. Muchos grupos locales hicieron pequeñas apariciones en Loca Pasión, e incluso se escribieron capítulos para incluir a Rod Stewart, en la época en la que se iba a presentar en Bogotá. Pero, por razones violentas que usted adivinará, el concierto se canceló y Rod Stewart sólo aparecía como un sueño de uno de los personajes. El que sí apareció en la telenovela fue Charly y su grupo. Era la primera vez que venían a Colombia, estoy casi seguro. Y lo primero que les propusieron fue el pequeño cameo en Loca Pasión. Charly estaba con el guitarrista Carlos García López, el bajista Fernando Lupano, los teclistas Fabian Quintero y Alfi Martínez, la divina Fabiana Cantilo en los coros y el baterista Fernando Samalea, que pronto se va a convertir en protagonista de esta historia.



Luego mando el resto....

Juan Pablo



Carlos Vives cantando Yo no quiero volverme tan loco

Ver video desde youtube

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 MensajePublicado: Jue Jul 10, 2008 1:54 pm    Asunto:   Responder citando Back to top

Creo que era nuestra querida Hilda la que fue con Charly en el '89.
Muy buen cuento y ALTAMENTE RECOMENDABLE podcast.
Saludos..
 
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 MensajePublicado: Jue Jul 10, 2008 3:39 pm    Asunto:   Responder citando Back to top

Acá va la segunda parte del cuento de Sandro Romero Rey. Queda registro escrito de un concierto en el Camarín del Carmen del que nunca había tenido noticia, y del que, al parecer, no hay ningún registro visual ni audiovisual. Hay mucho de ficción en el cuento de Sandro, supongo. Y es cierto que Fabi ya no estaba en la banda; estaba la en-cantadora Hilda; supongo que para Sandro no fue realmente importante su presencia. Sabiendo que se interesó bastante en Samalea, y en su figura de baterista, que siempre tendrá que acomodarse al ritmo que Charly quiera para cada canción (cabe recordar a Charly con Mario Serra en el coliseo 2001: "Mario, Viernes 3 am, hazme un túktúktúk") y seguir siendo un "relojito" para la banda. El baterista como "el mejor amigo del músico", ahí, de narrador de todo. Acá va el acto II. Que lo disfruten.


Segunda parte cuento sobre Charly: “Demoliendo Hoteles”: Acto II, Carlos Vives fan, Samalea-relojito y Charly resucitando


Charly y los suyos llegaron como una borrasca de intensidad, de vida y de desorden. En la nube anárquica en la que estaban todos, la idea de salir en una telenovela les pareció fantástica y accedieron sin problemas. La escena se armó en el lobby del hotel Hilton y se le comunicó a Carlos Vives en el último momento. Vives casi se desmaya, porque Charly era su ídolo. Al llegar al hotel Hilton, se deshizo. Improvisaron una escena con el piano del lugar y Vives no pudo musitar palabra, como si estuviera ante la aparición de Cristo. Mi dama me contó del acontecimiento y yo corrí al hotel, pero ya los músicos se habían retirado en desbandada y sólo quedaba por ahí Samalea, muy joven, muy hermoso y muy discreto, conversando con Marcela Agudelo. Samalea, Marcela, mi dama y yo establecimos una estupenda complicidad y, cuando las dos chicas debieron irse a cumplir sus deberes, el baterista y yo nos volvimos inseparables. Teníamos los mismos gustos musicales y, para sorpresa en un rockero, le encantaba, como a mí, la literatura. Pasábamos de John Lennon a Sábato, de Robert Plant a Cortázar sin mayores complejos, y puedo decir que la complicidad fue total. Pero la literatura nos separó.

El día del concierto, en la plaza de toros, dormía tu doble, mi querido Señor del Seudónimo, con su dama, cuando muy temprano lo despertó una llamada desde Cali, en la que se le informaba que se había ganado un premio de novela y que debería viajar ese mismo día a recibirlo, de manos del alcalde de la ciudad. No tuve tiempo de emocionarme. ¿Cómo así que no iba estar en la fiesta de Charly García en Bogotá? Yo iba a excusarme con los del premio, pero mi dama, que tenía soluciones para todo, me dijo: Váyase para Cali, no sea bobo. Nosotros vamos a filmar todo el concierto para la telenovela. Y el domingo (esto era un viernes) es el último concierto de Charly, en el Camarín del Carmen. O sea que no se va a perder de nada. Dicho y hecho. Me fui para Cali, recibí mi premio literario, mi dama se encargó de que el concierto de la plaza quedara perfectamente cubierto y asunto arreglado. Tengo todavía esa fecha memorable grabada en uno de los cassettes de betamax de la época. Sé que en la programadora borraron los originales, así que este acontecimiento glorioso apenas si se conserva. Pero aún se puede ver, lo podemos ver algún día, Señor del Seudónimo, si la curiosidad le llega hasta ese punto.

El concierto es glorioso: es la época de Cómo conseguir chicas, porque tocaron “Fanky”. No se lo cuento en detalle, para no abusar del espacio, pero le puedo adelantar que Charly estaba con una chaqueta azul oscura con planeticas y constelaciones cosidas en su espalda. Empezaron (o al menos así empezaba mi cassette) con “Raros peinados nuevos”. Caía una ligera llovizna y la comunión entre público y músicos fue total. Se siente, se adivina. Samalea me contaría después que hacía tiempo no se sentían tan bien. Supongo que eso lo dicen en todas partes, pero he visto a Charly en otras ocasiones y la energía no es la misma. En especial, con “Demoliendo hoteles”, que se convirtió, para mí, en uno de los himnos del rock en español. Lástima que en el disco no suene tan bien como les suena en vivo. También me conmueve hasta las entrañas “Yo necesito tu amor”, es mi favorita de ese disco. Parte de la religión estuvo allí en todo su esplendor, y estuvo también “El rap de las hormigas”, que parece compuesta para mí, estuvo “Promesas sobre el bidet”, “Rezo por vos”, si la memoria no me falla, “Los dinosaurios”, en la que la memoria le falló a Charly, porque se le olvidó la letra y le tocó parar y el público se la cantó a gritos. Sí, hubo de todo, “Nos siguen pegando abajo”, que sonó como para tirarse de cabeza en una piscina, una de Prince como para relamerse y “No voy en tren”, que siempre será contundente en cualquier concierto. “No me dejan salir” me tabletea en la cabeza, pero creo que no sonó. Tendría que volver a ver el video, que está que se despedaza. Ah. Sé que hay copias piratas de ese concierto, porque una noche, muchísimos años después, fui a un bar y lo estaban pasando como una primicia. El que borró el master en la programadora se cuidó muy bien de hacer una copia antes de borrarlo.

Esa noche, Charly y los suyos celebraron sin parar. Samalea no se tomaba ni un trago ni consumía ningún tipo de estupefacientes, así que me lo contaba todo sin problemas. Cuando regresé de Cali, el domingo en la mañana, el ambiente era funesto. Charly no quería dormir desde que llegó a Colombia. El sábado en la noche tenía un compromiso para tocar en una discoteca muy elegante del norte de la ciudad. Desde que entraron, Charly odió el sitio y les dijo a sus músicos: Muchachos, heavy metal show. Y tocaron lo más escandaloso de su repertorio. Los sacaron casi a patadas. Charly siguió celebrando y, al mediodía del domingo le habían dado unos somníferos para obligarlo a descansar. Había hecho de todo en el hotel. Lo habían visitado toda suerte de personajes y nadie quería saber de Charly García. Pero existía el compromiso legal en Colombia, en aquella época, de que todo espectáculo internacional que se presentase debía hacer una función gratuita. Y el compromiso estaba allí. Un concierto en el Camarín del Carmen para una asociación de minusválidos. Yo no creo que Charly pueda tocar, me dijo Samalea, más pálido que de costumbre. Nunca lo había visto así. Maldita sea mi suerte, pensé. Lo que no sabía era que Charly era inmortal. Así lo demostró horas más tarde.

Llegué al Camarín del Carmen, un teatro de unas trescientas sillas, muy temprano. No había nadie. Poco a poco fueron llegando los de la asociación de minusválidos que se acomodaron en tres filas de sillas de ruedas al pie del escenario. La función era gratuita y, al ver que no llegaba mucho público, comencé a llamar como loco a todas mis amistades, a pesar que Samalea no me aseguraba que Charly saliera a escena. A las siete de la noche, la sala estaba llena. Me despedí del baterista y le deseé buena suerte. Que sea lo que Dios quiera. A las siete y diez, se apagaron las luces, sonó la batería de Fernando como un relojito y se abrió el telón. Allí estaba la banda, sonando como los ángeles en el cielo. Y de repente, sin previo aviso, apareció Charly en escena, en pijama, con pantuflas, con una levantadora del hotel Hilton y su guitarra asegurada al cuerpo. No me gustan las exageraciones, Señor del Seudónimo de Argentina, pero yo nunca había visto algo así. Era como ver tocar al ave fénix. Las canciones sonaron urgentes y apasionadas. Charly, peleando contra su resaca, peleando contra la muerte misma, parecía decirle a la vida: No me voy a dejar vencer, hija de lalala, aquí estoy yo y se hace lo que yo diga. Y se lanzó al agua. El concierto duró casi tres horas y el público, todos nosotros, los mortales del frente, no lo podíamos creer. Samalea y los demás lo siguieron con devoción, aterrados, Estamos con un genio al frente, no nos vamos a detener. Hubo de todo esa noche: larguísimas improvisaciones, solos virtuosos, jugueteos con Fabiana Cantilo, descargas de Samalea en su percusión, lirios y delirios. Al final, para completar, Charly se deshizo de su guitarra y, tomándola del mástil, comenzó a golpear parales de micrófonos. Los parales de los micrófonos volaron por los aires y cayeron sobre los minusválidos de las primeras filas, que no sabían si gritar de dolor o de dicha. De una patada, García acabó con sus teclados y se largó del lugar.



Juan Pablo

http://zonagarciablog.wordpress.com/2008/05/14/bogota-1989/



Acá una foto del Camarín del Carmen

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 MensajePublicado: Jue Jul 10, 2008 3:55 pm    Asunto:   Responder citando Back to top

Se me puso la piel de gallina!
Gracias Juan Pablo.
Saludos..
 
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tatuajefalso
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 MensajePublicado: Vie Jul 11, 2008 4:00 pm    Asunto:   Responder citando Back to top

Muy intersante Juan Pablo,gracias por compartir!! Wink

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 MensajePublicado: Vie Jul 11, 2008 6:23 pm    Asunto:  Tonos patéticos de los que ahora vive el mito de Charly Responder citando Back to top

Esta es la tercera entrega del cuento de Sandro Romero. Un salto en el tiempo, para terminar en aquel extraño concierto del 97, en el que se reunieron Mercedes, Fito y Charly en un sólo escenario y en una ciudad un tanto ajena (¿por qué Bogotá será así de ajena con la música?). Fue una reunión inesperada y fugaz de la que salieron impresiones basntante tristes. Un Charly pérdido entre botones "ficticios" y máscaras a lo Frank Zappa, y un autor mirando hacia lo que considera los últimos vestigios del Charly que no se había convertido en la re-creación constante de un triste personaje. Espero hayan disfrutado.



Esa noche fue el comienzo del final del noviazgo con mi dama. Celebré a más no poder el acontecimiento memorable que había vivido, siempre con Samalea. Al día siguiente, el baterista nos dijo que consiguiéramos un equipo de video para llevarlo al cuarto de Charly y ver las filmaciones que habían hecho a lo largo de la gira. Yo estaba hecho un guiñapo, pero acepté, a regañadientes. Mi dama estaba molesta conmigo, pero fuimos a la habitación de Charly y pasamos la noche allí, viendo las grabaciones y riendo sin parar. Charly estaba en una nube, un poco más calmado, pero hablaba de temas completamente distintos a los que uno le ponía. Tan sólo le interesaba revisar los videos y sentirse orgulloso de cómo tocaban, de cómo fumaban marihuana en los aviones, de cómo se veían en una plaza de toros de Bolivia, de cómo deberían mejorar tal entrada de tal canción. La velada derivó en más alcohol y, cuando salimos de allí, los gallos ya estaban cantando.
Charly volvió a Colombia, años después, con Fito Páez y Mercedes Sosa. El concierto fue en el estadio de fútbol de Bogotá y combinaba la Euforia de Fito con el Say No More de Charly. Fito estuvo espléndido y Charly estuvo patético. Jugó toda la noche a ser Charly García pero, a mi modo de ver, el juego no le salió. Estaba borrachísimo, no terminaba las canciones, movía los botones ficticios de sus amplificadores y no pudo concentrarse nunca en nada. Fito y Mercedes tuvieron que darle más de una mano, para que el concierto fuera medianamente decente, aunque el público gozaba de lo lindo viendo a Charly descomponerse. Apareció con el cara pintada como el Frank Zappa de Joe's garage (¿no se le parece, Señor del Seudónimo de Argentina, Charly García a Frank Zappa? ¿Será que Charly es el doble argentino de Frank?), con una maxifalda y los ojos en la nuca. Aunque todos los apasionados con su sonido hicimos fuerza para que Charly se fajara, mas pudieron las ganas que la realidad. Nos fuimos sin decir no más. En esa ocasión, ya Samalea no estaba, todos los músicos eran distintos y había un tufiillo de desgracia en el ambiente, aunque de esos tonos patéticos es que vive el mito de Charly García, supongo.
No sé qué piense (¿cómo empecé esta carta? ¿De usted? ¿De tú? ¿De vos?) con toda esta galería de anécdotas inconexas. No las había querido escribir, pero ahora que usted intenta comunicarse conmigo, me parece justo el momento. A Fernando Samalea le perdí la pista y estamos jugando al gato y al ratón desde hace más de diez años. Nos escribimos un tiempo, luego vino a Bogotá con Ilya Kuriaki y no supo encontrarme, yo estuve en España y se me escapó sin darme cuenta. Por allí volveremos a vernos, estoy seguro. Pero, a estas alturas del partido, el asunto es otro, Señor del Seudónimo. Debo confesarles que escribir tanto mi nombre para dirigirme a otro me ha producido una extraña sensación de narcisismo. Las adolescentes de mi primera juventud decían que "escribían para ellas mismas". Así me siento ahora. Por esta razón, le ruego el favor de que me conteste rápido. No sea que mañana lea en Internet que se cumple un nuevo aniversario del fallecimiento de Señor del Seudónimo, quien murió en 1989 en Argentina. ¿Será que podemos ahora revelar nuestro nombre?

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